1 de noviembre: Día de todos los Santos

El Día de Muertos se festeja en todo México y también en muchos otros lugares de América Central. Desde el 31 de octubre, se preparan muy coloridos altares, en las casas o en lugares públicos como plazas o cementerios. En los altares se colocan alimentos, bebidas, flores, objetos personales, cigarrillos e imágenes de los muertos a los que se honra.

Tradicionalmente, el altar es alumbrado el día 31 para esperar el arribo de los espíritus de los niños muertos, los angelitos a quienes también mencionan como los “muertos chiquitos”. Al crepúsculo del 1 de noviembre hasta el anochecer del día 2 el altar es de nuevo alumbrado y es el tiempo de la vigilia para los adultos que han partido.

Se dice que primero se celebra a los niños, por que como son más pequeños, corren y llegan antes que los adultos, los cuales llegan para el 2 de noviembre.

En la isla de Janitzio, así como en otras islas y poblaciones aledañas al Lago de Pátzcuaro en el Estado de Michoacán, los niños participan en la velación de los angelitos, bajo la cariñosa dirección de sus madres y abuelas. En esta forma se ha mantenido viva la tradición de esas comunidades, de generación en generación.

 

¿Cuál es el origen de esta celebración?

 
Su origen tiene que ver con la Iglesia Católica, y se remonta a hace más de 1280 años. En realidad, y aunque sea una forma muy poco correcta de decirlo, se trató de un “parche” del Vaticano para conseguir que todos los santos fueran venerados al menos un día al año.

El impulsor de esta medida fue el papa Gregorio III, que durante su tiempo de pontificado (731-741) consagró una capilla en la Basílica de San Pedro en honor de todos los Santos, y fijó su aniversario para el 1 de noviembre.

Más tarde, situándonos ya a mediados del siglo IX, el papa Gregorio IV (827 a 844) extendió la celebración a toda la Iglesia. De esta forma, todos los santos tienen un día del calendario para ser venerados, incluidos los que además poseen una fiesta propia en el calendario litúrgico.